El Regate del Hincha: Aquella mañana del 94

Aquella mañana del 94 mi padre me llevó a ver el cuarto partido de la selección mexicana, fue contra la Bulgaria de Hristo Stoichkov. Yo quería que al igual que los otros tres partidos lo viéramos en casa, ahí en la sala, él en su mecedora y yo sentado en el piso con los nervios de punta en cada minuto. Pero ese día insistió en que lo viéramos fuera de casa, me dijo que la Selección Mexicana podría jugar el último partido del mundial. La posibilidad del hecho me entristeció y obedecí, me duché y me puse mi playera de portero con el nueve estampado en la espalda. Veníamos de empatar contra Italia (quién iba a decir que sería uno de los finalistas y que Roberto Baggio haría lo que hizo) y eso hablaba bien del once que se la rompería en la cancha aquel día. Pero sólo conseguimos un empate que nos llevó a penales… el resto duele en los huesos del recuerdo, si es que los recuerdos tienen huesos que se quiebren cuando los traemos al presente a fuerza de risas y lamentos.

¿Qué pasa por la cabeza de un niño al lado de su padre que no deja de darle palmadas en la espalda para tratar de tranquilizarlo? Pasaban preguntas que a esas edad no tenían respuestas: ¿por qué en el grupo de la muerte, por qué la expulsión de Luis García, por qué Benjamín Galindo en vez de Hermosillo o Hugo Sánchez, por qué esa potente zurda que dejó inmovilizado a Campos al minutos seis, por qué Mejía Barón no hizo el cambio, por qué Aspe primero la mete y luego la vuela, por qué Campos adivinó todas y sólo atajó una, por qué la poca fuerza de Bernal, por qué Jorge Rodríguez escupiendo derrotado, por qué solamente el Emperador? ¿Por qué yo no estaba en la cancha para cargarme a mi selección al hombro y llevarla al quinto partido?

Cuando Campos hizo lo suyo supe por qué llevaba puesta su playera ese día; por él me gustaba el fútbol, por eso yo era el portero del equipo de mi hermano mayor. Pero alguien decidió mandarla al cielo y así me hundió en una depresión de infancia que mi padre notó de inmediato y me sacó de ahí, de los gritos y maldiciones de sus amigos y de aquellos que vestían con la verde, esa sagrada casaca que aún sigo usando con la devoción de quien confía que un día llegaremos un poco más lejos que siempre. Aquel estado de ánimo me lo cargué el resto del mundial, aun así, recuerdo ver la repetición dos horas más tarde con la narración de José Ramón Fernández: lo digo en serio, pensaba que en la retrasmisión aquel tiro torpe iba a terminar en el fundo de la portería.

Mi papá me dijo que así era el fútbol, que lo mejor era la memoria. No olvidar el grito de gol y el lamento del error, eso fue lo que me dijo. El siguiente sábado después de la eliminación hice de portero en la municipal y saqué dos tiros de arco que celebré imaginando el Azteca a rebosar de hinchas, dos veces al mismo defensa central que me sacaba dos cabezas de altura. Fue tanta su rabia que se me echó encima para golpearme y yo me eché a correr a pesar de que mi hermano respondió a la amenaza. El defensa, rabioso como nunca había visto a alguien rabiar por robarle dos penales en un mismo partido, me amenazó con partirme la cara en tres si volvía a pararme en la portería, “en mi portería” le escuché gritar a la distancia que logré con mi cobardía. Obedecí, nunca más volví a pararme bajo el rectángulo y me lancé a media cancha: con cada pase a gol que daba, o los que yo mismo metía, pensaba que eran los que no pudieron entrar aquella mañana del 94 cuando mi papá me llevó a ver a la Selección Mexicana de Fútbol.

El dolor de la infancia se quita siendo adultos. Esto también me lo enseñó mi padre. Y justo cuando me tocó llenar la nevera con víveres y pagar las cuentas me di cuenta de que aquel partido aún no se me borraba de la memoria: aquí siguen los gritos de maldición del dueño del restaurante, los llantos de la camarera que por el dolor olvidaba servir las cervezas, la mirada de reojo que lanza mi padre hacia donde yo estaba empacando mi desilusión. Barbas mojadas y pechos henchidos de sentimientos y lamentos. Ahí estaban algunos chicos malos de La populosa, aunque ese día hicieron huelga y antes de tirar maldades se metieron a lanzar vivas en favor de la mexicana, al final también los vi secándose la bella tristeza de haber perdido un partido. Otros niños también lloraban. Yo estaba llorando.

Desde esos once años hasta estos treinta y cinco que me cargo en calendario, me sigo preguntando, sin esperar respuesta, ¿cómo se crece con el recuerdo de una derrota a cuestas? Sucede que después de aquella mañana del 94 me di cuenta de que mi vida estaría llena de goles en contra, o quizá fue que hasta entonces lo entendí y lo que mi papá me llevó a conocer aquel día fue mi propio Macondo, los años de soledad que me corretearían queriendo alcanzarme y yo escondiéndome para que no dieran conmigo.

Hoy el Pibe, mi pequeño hincha, está que quiere unos guayos chillantes y se lo pienso regalar, él también hace de portero y lo he vito en videos negando el gol que le han hecho. ¿Será el Jorge Campos que mi generación quiso llegar a ser?, ¿será que veo en él aquella picaresca manera que tenía el hombre-payaso de salir volando y colgarse del balón? Hoy que tengo firmado dos casacas de dos países distintos me da por llevarlo a un partido en el que pueda decirle −aunque a sus cinco años no me entienda− que lo mejor es la memoria: “no olvidar el grito de gol y el lamento del error”, como me dijo mi padre aquel 94.

Bogotá, Colombia


Autor: Afonso Brevedades 
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Afonso Brevedades

Escritor, editor y estudiante de un doctorado en educación. Disfruto de leer, viajar y escribir, las tres actividades las hago de forma compulsiva.