ColumnasEl Regate del HinchaSecciones

¡Caramba la vida, papá! Mañana contra Alemania.

Aquí en Bogotá ya ha pasado de las siete de la tarde y hace mucho frío. Un tintico que contrarresta el clima vaha  a mi costado y me recuerda que ando tiritando. Me duele un poco la cabeza porque desperté a las cuatro y media de la madrugada para tumbarme el Francia vs Australia y desde entonces escribo esto y lo otro y no paro. La jornada tres del mundial me ha dejado un dolor de estómago por lo de Messi y Cueva. A uno se le perdona todo porque hoy él se encargó de casi todo, al otro se le ha colado la dudad de la posibilidad de ser imprescindible en los siguientes dos partidos. ¡Caramba la vida! Ya estoy esperando a mañana porque juega México contra Alemania.

Estoy nervioso, así que al estómago y a la cabeza se le ha unido el corazón pambolero que tengo. He pronosticado un dos a cero a favor de la tricolor y más de uno ha hecho un gesto de burla, no me han creído. Mi padre no dudaría en sumarle un gol más. ¿Por qué? “Porque soy mexicano” diría muy serio. Que Alemania es potencia mundial, me dicen y no sé si se refieren a lo económico, a lo político, a lo militar o a lo futbolístico. El caso es que ese gesto me partió la madre y me hizo reconocer el lugar mundial que ocupa mi país en lo económico, en lo político… ¿Será que México salga gravemente malherido el día de mañana? Entonces lo lamentaré y durante el día nadie podré dirigirme la palabra si no es pare decirme que lo hicimos bien, que contra Corea del Sur nos irá formidable, que Suecia se convertirá en nuestro día de campo. Si no es para algo semejante preferiría el silencio.

Luego, en las redes, aparecerá el torpe de corazón para recordarme que la ingenuidad es la madre de todas las esperanzas. También me molestaré, reventaré el teclado porque no podré lanzarle a la cara que está equivocado, porque tampoco quiero darle la razón, aunque la tenga. Pero si ganamos, si México resiste y anota las necesarias para triunfar, entonces buscaré a mis paisanos aquí en Bogotá y celebraré con ellos. Iremos a un restaurante mexicano y pediremos tacos al pastor con todo y con mucha salsa. “Más chile, mi chavo. Más chile le digo. Usted échele más, yo sé de lo que le hablo”. Le mandaría fotos de las porras a papá, de la algarabía, de la rabia hecha sonrisa, y así le diría que estoy feliz “a pesar de la enorme distancia”.

Lo binario me mata a estas horas, el empate no lo tengo en planes, pero si se diera el caso jamás le otorgaría ese “sabor a victoria” del bienintencionado periodista deportivo. “Uno a los mundiales va a ganar” me dice Don Gonzalo y yo le doy toda la razón. Lo veo y me acuerdo de mi viejo, el error de Messi lo justificaría con un “nadie ayuda a ese muchacho”, sobre la volada de Cuevas diría “no importa, aún faltan dos partidos”. Aunque quizá por dentro estaría lamentándose con la lengua seca por la falta de “hijoeputeadas” monumentales en voz alta.

Imagino a mi papá esperando el día de mañana igual que yo, estará hablando solo sobre la posible alineación de la tricolor, sobre los cambios emergentes que hay que hacer “en caso de un gol tempranero”. Estará discutiendo con su reflejo en el espejo de la bañera sobre la potencia de los alemanes, sobre su talla y la puta costumbre que tienen de arruinarnos los mundiales: en el 78 nos sirvieron seis pecosas en la red, en el 86 un empate a ceros, en el 98 nos empacaron dos y mañana la historia tiene que ser diferente. Ahora mismo está en Juchitán, o lo que queda de la ciudad después del terremoto, seguramente mañana despertará temprano, barrerá el jardín, llevará a mamá al cementerio, desayunará y después con el control del televisor se olvidará del mundo por los siguientes noventa minutos. Mientras tanto yo, que ando lejos tratando de hacer lo que más me gusta, escribo diario sobre el mundial y me acuerdo de él, con un frío de la chingada que amarga más el recuerdo, y es ahí cuando me vienen a la mente mis seis años viendo los partidos a su lado, ahí en la sala de la casa. ¡Caramba la vida, papá!

A las ocho de la noche tengo que enviar mi colaboración, ya me está ganado el tiempo y sigo pensando en mi padre. Ya está viejo, sabe tanto de fútbol que cuando dudo en fechas para una crónica él está ahí, que cuando quiero el nombre de un zurdo de los 70’s él está ahí. Sabe tanto de fútbol que cuando escribo sobre el carnaval más hermoso del mundo pienso en cómo lo diría él. De hecho, escribo con su voz, o con lo que imagino que es su voz. Entonces ante el error del árbitro lo imagino a la distancia: “Serás ciego, cabrón, serás ciego”. O bien, en el peor de los casos: “No, hombre, así no, qué barbaros. Deberían sentir vergüenza, cabrones”. Tomo nota y digo lo mismo, cabrones, mañana juega México y de alguna manera sé que lo veré con mi viejo, aquí a mi lado, él en Juchitán, Oaxaca, México y yo en Bogotá, Colombia.

Nada me une más a él que el fútbol, ese deporte de doce hombres alienados que corretean una pelota por todo el campo. Esos noventa minutos ―que describen muy bien y que a veces se quedan muy corto― han sido los más hermoso que he tenido con mi padre antes de sus canas, antes de su espalda encorvada, antes de sus ojos de halcón retirado, antes de que la parsimonia fuera su mejor virtud. Antes de que el tiempo, ese maldito reloj insensible, me convirtiera en adulto y a él en mi viejo.


Autor: Afonso Brevedades 
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Escritor, editor y estudiante de un doctorado en educación. Disfruto de leer, viajar y escribir, las tres actividades las hago de forma compulsiva.

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